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viernes, 1 de octubre de 2010

Movimientos sociales y siglo XX



Los movimientos sociales tradicionales surgidos con la sociedad industrial, en particular el movimiento obrero, nacieron y se desarrollaron sobre una base clasista, que respondía a la estructura social característica de las sociedades industriales desde su nacimiento hasta mediados del siglo XX. Dicha estructura social se caracterizaba por una clara polarización en función de los posiciones económicas y sociales que ocupaban los distintos grupos. Las transformaciones en los modos, las costumbres y las cosmovisiones asociadas al nacimiento de la sociedad industrial coadyuvaron a la formación de los distintos movimientos sociales a lo largo del siglo XIX. Resistencias e innovaciones contribuyeron a configurar las formas de respuesta social del conflicto.

Surgieron así nuevas identidades, nuevas cosmovisiones y representaciones que dotaron de cohesión interna a los distintos grupos sociales en pugna. El marxismo actuó de cimentador de las señas de identidad del movimiento obrero, dotándole de un discurso, un modelo organizativo, una práctica política y social y un horizonte que hizo posible la cristalización de dicho movimiento como clase obrera, transformando al proletariado en uno de los principales agentes de la sociedad industrial. Losnacionalismos populistas surgidos en el último tercio del siglo XIX, particularmente en Centroeuropa, actuaron de manera similar entre aquellos grupos sociales que se sentían amenazados por el avance de los procesos de industrialización, sus discursos se fundamentaron y edificaron en contraposición con los valores y los grupos que encarnaban la sociedad industrial, tanto el capitalismo, identificado míticamente con el capitalista financiero simbolizado por el judío, reelaborando sobre nuevas bases el secular antisemitismo de la civilización occidental, como del proletario revolucionario, construyendo unas mitologías basadas en una serie de contraposiciones: taller frente a fábrica, tierra y propiedad frente a especulación, familia frente a individualismo, nación frente a internacionalismo, tradición frente a revolución, raza frente a clase, comunidad frente a socialismo...

En contraposición, los nuevos movimientos sociales se nutren de activistas y simpatías de todos los sectores de la estructura de las sociedades industrialmente avanzadas. Sus discursos, mensajes y demandas van dirigidas al conjunto de la sociedad y no a ningún grupo en particular en función de la posición que ocupa social y económicamente. Se caracterizan por el carácter global de sus reivindicaciones y, a la vez, por el carácter particular de los objetivos y propuestas. Actúan más en la dirección de provocar cambios globales en la escala de valores que de provocar alteraciones en las bases funcionales del sistema político. Los movimientos ecologistas y por la paz reclutan efectivos y simpatías de un arco difuso de la estructura social. El movimiento feminista obtiene apoyos sobre la base de la desigualdad de las mujeres como género, obteniendo apoyo de las mujeres independientemente de su posición en la estructura social.

Por otra parte, el sistema social de los países industrialmente avanzados ha mostrado una gran flexibilidad a la hora de incorporar algunas de las demandas de estos movimientos. A ello ha contribuido la cristalización de la democracia como el sistema político asociado a las sociedades del bienestar. El juego político del sistema de partidos se fundamenta en la conquista de mayorías sociales, obligando a los partidos a presentar programas y actuar en conformidad con los valores y reivindicaciones predominantes en la sociedad. De tal manera que, cuando un determinado valor o demanda es asumida por un amplio sector de la población, este nuevo valor o demanda es incorporada por el sistema político. Este carácter magmático de las sociedades del bienestar ha permitido incorporar progresivamente reivindicaciones y valores de los movimientos sociales, ofreciendo salidas consensuales a las contradicciones presentes en la estructura social, imposibilitando o, al menos, debilitando la confrontación radical entre grupos en favor de procesos de ósmosis social.

Esta porosidad de la sociedad ha influido en la dinámica de los nuevos movimientos sociales, el pluralismo de la sociedad ha encontrado traducción en dichos movimientos, la herencia antiautoritaria de las revueltas del sesentayocho ha empujado en la misma dirección, por lo que la cohesión se ha centrado en la asunción y defensa de nuevos valores y no en el ámbito organizativo, donde han primado los mecanismos de democracia de base y descentralización, mostrando los grupos dinamizadores una fuerte inestabilidad compatible con la permanencia de los nuevos movimientos sociales. La flexibilidad organizativa, con la consiguiente entrada y salida permanente de activistas, responde al carácter difuso del apoyo social que obtienen, en concordancia con los ciclos de movilización y desmovilización que les caracterizan. Sus formas de actuación tratan de optimizar los mecanismos de lassociedades mediáticas. Las campañas son pensadas y organizadas para obtener la mayor repercusión en los mass-media e influir desde ahí a la opinión pública. El espacio del conflicto se desplaza desde el centro de trabajo -la fábrica- a la calle y a los medios de comunicación, en función del carácter global de sus reivindicaciones y de las transformaciones socioculturales asociadas al papel dominante de los mass-media.

La configuración de las sociedades del bienestar.

Antes de analizar y describir los fenómenos sociales y políticos de los nuevos movimientos y partidos conviene que situemos el contexto histórico-social en el que surgieron: las sociedades del bienestar del decenio de los sesenta. El largo ciclo alcista registrado por la economía internacional tras la segunda guerra mundial, que permitió la rápida reconstrucción de las economías y sociedades europeo occidentales, alimentada por el Plan Marshall, generó un contexto económico favorable para el rápido desarrollo de las sociedades del bienestar. Junto al excepcional ciclo económico de los decenios de los cincuenta y sesenta, los Estados del bienestar fueron posibles por el cambio de los postulados teóricos y prácticos de las políticas económicas puestas en marcha tras la guerra: el keynesianismo, cuyo acento en las políticas de demanda, impulsadas por el estado, pretendía garantizar un crecimiento económico sostenido. Ello fue factible por la combinación de dos grandes factores sociopolíticos en la posguerra: el espíritu de la resistencia en los países aliados y en la Italia posfascista y el estallido de la guerra fría.

En efecto, entre 1944 y 1952, las medidas económicas adoptadas por los gobiernos de Gran Bretaña, Francia e Italia, gobernados en el primer caso por los laboristas y en los otros por amplias, aunque breves, coaliciones de unidad nacional, en las que participaban las fuerzas políticas antifascistas, incluidos los partidos comunistas, sentaron las bases de lo que posteriormente serían los estados del bienestar en Europa occidental, mediante la combinación de políticas nacionalizadoras de los servicios básicos; la extensión de las prestaciones sociales hasta su universalización, particularmente en los ámbitos de la sanidad, la enseñanza y las pensiones y, finalmente, una amplia política nacionalizadora que hizo surgir un potente sector público. Además, la creciente tensión entre los dos bloques que se perfilaban tras los acuerdos de Yalta y Postdam, liderados por los Estados Unidos y la Unión Soviética, estalló explícitamente con la crisis de Berlín (1948), poniendo a la orden del día la exclusión de los partidos comunistas occidentales de los gobiernos, particularmente en Francia e Italia donde eran dos de las grandes fuerzas políticas de la posguerra. El conflicto Este-Oeste exigía la unión sin fisuras del bloque occidental, organizado desde 1949 en la Alianza Atlántica (OTAN).

Esta constelación de factores impulso la creación de las sociedades del bienestar en los países occidentales. La combinación de los mismos sentó las bases de un amplio y sostenido consenso social. El período de entreguerras marco el cenit de la polarización social de la mano de los desajustes de la economía internacional, el impulso representado por la revolución de Octubre y el auge y ascenso de los movimientos nacionalistas totalitarios: fascismo y nacionalsocialismo, que evidenciaban las profundas y, a veces traumáticas, transformaciones que se estaban produciendo en los países europeos como consecuencia del desarrollo de los procesos de industrialización. La combinación de las transformaciones económicas, la fractura en el movimiento obrero entre socialdemocracia y comunismo tras el Octubre soviético y la oleada de pánico al peligro rojo tras el fin de la Gran Guerra, favorecieron, aunque de forma inestable todavía, el nacimiento de un marco de relaciones laborales canalizador del conflicto social, mediante los acuerdos entre organizaciones patronales y sindicatos con el concurso en muchas ocasiones de los gobiernos. Los casos de Alemania, Francia e incluso Gran Bretaña señalaban una tendencia, que se confirmaría tras la segunda guerra mundial, hacia la institucionalización y normalización del conflicto entre capital y trabajo. Es lo que algunos autores han denominado los procesos de neocorporativismo que, a diferencia de lo sucedido en la Italia fascista y la Alemania nazi, se basan en la búsqueda del consenso social mediante el reconocimiento mutuo de los diferentes agentes sociales y la aceptación sin reservas del marco institucional democrático.

Crecimiento económico, sistemas democráticos y paz social terminaron por cristalizar un amplísimo consenso social en torno a los Estados del bienestar, que permitieron la extensión y consolidación de la sociedad de consumo que había iniciado su despegue en los Estados Unidos en el periodo de entreguerras. En las sociedades industrialmente avanzadas el pleno empleo y la elevación de los niveles materiales de vida transformaron radicalmente los modos y las costumbres. Frente a las predicciones marxistas de una creciente polarización social ligada a las leyes del desarrollo del capitalismo surgió y se consolidó una sociedad de clases medias, de la mano de los procesos de terciarización y del crecimiento sostenido de los ingresos, tanto directos como indirectos, de los trabajadores asalariados, a través de la cualificación de la mano de obra y la acción de los sindicatos. La sociedad de consumo desactivó el carácter revolucionario del conflicto entre capital y trabajo que había acompañado a las anteriores etapas del desarrollo de la sociedad industrial.

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